"Confesiones de un confesor", un llibre d'en Joan Riera Fullana

Vet ací algunes de les reflexions que em produí la lectura d'aquest llibre que el manacorí Joan Riera Fullana publicà fa poc a Mèxic: "Confesiones de un confesor". 

Vaig voler fer-les arribar al seu lloc de residència i de treball habituals des de fa dècades.

Aquest mateix text, crec, em pot servir així mateix per revestir la presentació pública que n'he de fer aquest dijous, 10 de novembre de 2016, a Manacor, a partir de les 19:30, a la Llibreria "Món de Llibres" situada al carrer Major.


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"De la isla de Mallorca, al Norte del Perú. El título con el que mi buen amigo Juan Riera Fullana publica sus “Confesiones de un confesor”, sin ir a buscarlo, me trae a la memoria otro, en ciertos aspectos parecido, que llama poderosamente nuestra atención mientras cursamos los estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Mallorca, en la España franquista que nos toca vivir, allá por los años 60 del siglo pasado.

Se trata de una especie de diario, crónica o resumen muy singular, sobre los primeros cien días del joven sacerdote, José Luis Martín Descalzo, curita español considerado fuera de serie en el ámbito de los medios de comunicación. 

“Un cura se confiesa” de la Editorial Sígueme ve la luz el año 1955. Justo el mismo año de mi ingreso en el Seminario a los 10 años de edad. Se convierte en un llamativo y claro testimonio de humanidad profunda y de amistad sincera... en una época en que tanto la una como la otra permanecen vetadas explícitamente a los clérigos, como tabú.

En “Confesiones de un confesor”, mi compañero de estudios eclesiásticos, natural de Manacor (Mallorca), Juan Riera Fullana “Mossegat”, expone también ciertos comportamientos considerados “fuera de serie”, como suele decirse, en el ámbito eclesiástico. 

Son aspectos que no resultan bien vistos por parte de las más altas instancias jerárquicas de la Iglesia Católica. Nunca obtienen su beneplácito, bajo ningún concepto. Ni en Mallorca, ni en Perú, ni en México, los tres lugares donde transcurre su trayectoria septuagenaria y va desarrollando su intensa actividad pública este mallorquín tan singular, amante del derecho a la rebelión de los pueblos explotados, de los sectores oprimidos, de las clases populares en lucha.

En un documento tan vivo que puede leerse de un tirón, el “Juan Riera, sacerdote de los pobres” expone un conjunto de reflexiones y planteamientos personales sobre su paso, actuación y permanencia en América Latina, muy particularmente en Perú y México, sin olvidar su llegada a otras latitudes latinoamericanas, como Ecuador, Nicaragua...

En su extenso escrito, mi buen amigo Juan se muestra profundamente atraído, y, al parecer, marcado de forma indeleble, por pensamientos y comportamientos que le transmiten ciertos personajes, de quienes se siente muy próximo. Como es el caso del cura Hidalgo o del obispo “Tata” Vasco, en el Estado de Michoacán; el escritor, político, anarquista mexicano, Ricardo Flores Magón; el obispo catalán afincado en Brasil, Pedro Casaldàliga; el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, promotor de la teología de la liberación; el teólogo brasileño de la liberación, Leonardo Boff; el

teólogo mexicano Raúl Vidales; el obispo ecuatoriano Leónidas Proaño; el argentino Enrique Dussel; el chileno Segundo Galilea, los sacerdotes mexicanos Salvador Hernández, Guillermo Martínez, José Batarse Charur; las luchadoras políticas mexicanas Teresa Fernández y Lety Coello; el obispo de Cuernavaca, Monseñor Méndez Arceo... Y otros muchos.

Al mismo tiempo, se muestra también firmemente opuesto al modo de comportarse de otros personajes civiles, políticos, militares y eclesiásticos: el Cardenal Ratzinger, posteriormente papa Benedicto XVI, encabezando la lista como gran inquisidor que condena a teólogos de la liberación; la colonia española en Lima, celebrando banquetes y festejos lujosos; los obispos peruanos Federico Richter Fernández-Prada, Fernando Vargas Ruiz de Somocurcio, Germán Schmidt; el Cardenal Primado de Lima, Juan Landázuri Rickets; el obispo de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, Monseñor Samuel Ruiz García...

Mi compañero de estudios eclesiásticos en Mallorca, inicia su publicación, remarcando el día en que, recién ordenado sacerdote, emprende el vuelo desde el aeropuerto mallorquín de Son Sant Joan, con la finalidad de dirigirse hacia el aeropuerto internacional Jorge Chávez, de Lima, en Perú, al otro lado del Océano Atlántico, a principios del año 1969.

Más adelante, seguirá remarcando el día en que sale del mismo aeropuerto internacional peruano, el 4 de Septiembre de 1976, para dirigirse hacia el aeropuerto internacional Benito Juárez, de Ciudad de México.

Un proceso personal de conversión y cambios profundos, en Perú

Confiesa públicamente que, durante estos  8 años de trabajo pastoral en Perú, vive muy intensamente un auténtico proceso de conversión, de cambio profundo en las categorías humanísticas, filosóficas, teológicas y pastorales recibidas durante su larga etapa de formación, en régimen de internado estricto durante más de una década seguida, en el Seminario Diocesano de Mallorca. 

Ambos pertenecemos, junto con otros 13 compañeros, a la generación de sacerdotes mallorquines, ordenados por el obispo diocesano el 16 de junio de 1968, muy pocas semanas después de que estalle el convulsivo “mayo francés” que paraliza Francia y moviliza juventudes, mayoritariamente estudiantiles, de otros países, incluídos algunos latinoamericanos.

Con todos lo matices aplicables al caso, nuestra ordenación sacerdotal significa nuestro primer paso trascendental en la vida, transforma nuestro estatus, nos introduce en una institución eclesiástica, con una función social respetada y aceptada por el pueblo mallorquín.

Al haber tenido que pasar por el filtro disciplinario, más de una década recibiendo instrucciones, orientaciones y lecciones encaminadas a construir un determinado modelo de sacerdote, quien más quien menos llega a concluir, un día u otro, que dicho modelo se va mostrando muy poco acorde con las exigencias de los nuevos tiempos, con los nuevos aires de renovación que provoca en la Iglesia Católica el recién clausurado Concilio Vaticano II y, lo que es más grave aún, con el contenido profundo del mensaje evangélico.

Mi amigo Juan hace hincapié en el proceso de conversión que le provoca su nueva situación, en contacto directo con el pueblo peruano: por la necesidad imperiosa e ineludible de tener que compartir y vivir otras realidades distintas; y, también, por su inquebrantable voluntad de permanecer siempre al lado de los más pobres, que luchan por sobrevivir con crecientes dosis de dignidad.

Estas dos actitudes le conducen a tener que enfrentarse, más de una vez, con la mismísima jerarquía eclesiástica. Llegando incluso a tener que recriminarle a su obispo, y decirle a la cara que le considera más obediente a los dictados del gobierno militar que a los principios evangélicos. 

Según afirma, insignes representantes eclesiásticos de las más altas instancias jerárquicas no ven con buenos ojos ni aceptan de ninguna de las maneras que un sacerdote extranjero, al llegar al Perú, tome la decisión de irse a vivir al interior de un barrio tan periférico como el Pueblo Joven San Martín; habitando  una casita tan rústica como las del resto de las familias piuranas más pobres; compartiendo las mismas condiciones de vida que los pobladores más miserables; soportando inclemencias e incomodidades totalmente desconocidas e ignoradas en el casco antiguo del centro de la ciudad de Piura.

Y todo ello, como afirma, “por intentar dedicar su tiempo, su actuar, su sentir, y por entregar toda su vida a los principios evangélicos practicados en la medida de lo posible, en las diferentes circunstancias que la vida le ha llevado”.

Incluso, con ciertas dificultades añadidas, prácticamente insalvables, como es el caso de su imposibilidad manifiesta de integrarse plenamente en el pueblo peruano.

Refiere dos factores que se lo ponen muy difícil: por un lado, su condición de sacerdote, que tiene su propio papel dentro de la comunidad, muy determinado y señalado, lo que le impide actuar y ser tratado como un ciudadano más, normal y corriente. 

Por otro lado, su condición de extranjero, que le delata en cuanto abre la boca y se dispone a pronunciar unas palabras. A pesar de sus esfuerzos por conseguirlo, le resulta prácticamente imposible llegar a abandonar su acento español tan característico e inconfundible, con el que, aun sin ir a buscarlo, también contribuye a difundir determinados aspectos de una cultura distinta, europea, mediterránea, la que ha recibido en la isla de Mallorca, en su ámbito familiar y en su centro de estudios eclesiásticos.

A lo largo de sus primeras páginas, el autor reconoce que son precisamente sus actitudes y formas prácticas de vida las que le llegan a provocar “tales enfrentamientos con la jerarquía católica peruana que le reportan su salida del país en busca de nuevos horizontes, de nuevos retos, de nuevos procesos populares a los que integrarse, ya no como sacerdote sino como un ciudadano más, libre de ataduras institucionales castrantes”.


Su larga i profunda experiencia mexicana  

Es entonces cuando mi buen amigo Juan se plantea y propone iniciar su experiencia mexicana, buscando una alternativa de trabajo y de integración en una nueva sociedad. 

Al salir del Perú, a la edad de treinta y cinco años, se le abren dos opciones a elegir: o bien seguir practicando el sacerdocio en la acomodaticia Mallorca, o bien aceptar la invitación que le cursan sus compañeros, de irse a México.

Se lo tiene que pensar muy bien, mientras pasa un tiempo en su querida isla mediterránea, en compañía de familiares y amistades que le atienden a las mil maravillas.

Le veo muy expresivo cuando se pone a describir lo mucho que le afecta tener que tomar una decisión tan trascendental en su vida. 

Muy fuertemente marcado por la incomprensión e incluso la condena por parte de obispos peruanos, a los que percibe mucho más atentos a los dictados del gobierno militar que a los principios evangélicos, se quiere pensar muy bien qué hacer,  de entonces en adelante.

Quedarse en Mallorca ejerciendo el sacerdocio significa para él tener que renunciar a lo más preciado de su ser. Lo que da sentido a su vida: la práctica de la Teología de la Liberación, que no encaja en una sociedad y una iglesia como la mallorquina, con características y problemáticas totalmente diferentes a las de América Latina. 

No tiene ningún sentido, para él, tener que adaptarse a prácticas que resultan tan ajenas a su forma de pensar y de actuar.

Con la ayuda de buenos amigos, toma la decisión de no volver a integrarse en la iglesia mallorquina, y abandona el gremio clerical al que ha pertenecido durante ocho años seguidos, siempre en Perú.

Me imagino que ésta debe de ser para él la segunda decisión más importante de su vida: optar por un cambio radical y emprender así una nueva aventura de carácter totalmente diferente, cerrando de esta manera un largo primer capítulo de su biografia.

Me resulta apasionante seguir los trazos que va marcando en su siguiente proceder, siempre abierto a las circunstancias con las que se encuentra desde los mismos inicios. No dudo ni por un instante que tiene que resultarle enriquicedora, e inquietante al mismo tiempo, su presencia como brigadista en colonias populares dirigidas por la organización Política Popular. Con unos planteamientos maoistas para el trabajo político con las masas en Monterrey, desarrollando formas de organización popular independiente tanto del Estado como de los partidos de izquierda. 

Me imagino sus dudas y sus reflexiones, al comprobar el cambio radical de su plataforma de trabajo: de un trabajo pastoral al interior de la Iglesia, a un trabajo estrictamente político al interior de una organización de oposición radical al Gobierno.

Y mucho más todavía cuando decide emprender una nueva etapa en la colonial ciudad de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, para trabajar, con la autorización episcopal de Monseñor Samuel Ruiz, como sacerdote y también como brigadista de la organización Política Popular en la misma zona, La Castalia, un centro de acogida de indígenas tojolabales, ubicado en las afueras de la ciudad de Comitán.

En principio, se lo toma como un nuevo y complejo reto que se le presenta, en esa otra nueva etapa de su vida: al servicio de un pueblo desconocido, con una lengua ajena a la suya, con una historia y cultura diferente y con dos grupos humanos diferentes: el grupo pastoral de  La Castalia y la brigada de la organización Política Popular.

Amante como soy de la filología, del estudio y conocimiento de idiomas, me impresiona fuertemente la exposición que mi amigo Juan desarrolla sobre el imprescindible papel de las traducciones, a la hora de realizar encuentros pastorales y políticos, donde se precisa de “asesores” que ayuden a transformar en demandas claras el torrente de denuncias y protestas que efectúan los cuatro grupos étnicos participantes -tzeltales, tojolabales, tzotziles y choles-. Todo tiene que leerse en la lengua de cada grupo étnico, para ser traducido luego al castellano y a las demás lenguas.

Este año, el de su anunciada canonización por parte de Francisco, el papa argentino, de nombre Jorge Mario Bergoglio, no puedo dejar de citar las alusiones que hace mi buen amigo mallorquín, Juan Riera, a aquel otro religioso mallorquín, del siglo XVIII, el franciscano Fray Junípero Serra, dedicado a trabajos de evangelización de indígenas pames. Religioso mallorquín que da nombre a la ciudad más importante de la Sierra Gorda, Xalpan de Serra.
Tampoco puedo dejar de mencionar la situación por la que atraviesa mi amigo Juan, cuando regresa de nuevo al Perú, una vez evidenciada la profunda crisis que va minando la organización Política Popular, agravada hasta el punto de hacerla desaparecer.

Su retorno a tierras peruanas le comporta de nuevo otros enfrentamientos con la jerarquía eclesiástica, tanto en la ciudad de Piura com en la ciudad de Lima.  

Pero, al mismo tiempo, le permite reencontrarse con sus antiguos feligreses, en una asamblea popular realizada en el Pueblo Joven San Martín, y con otros compañeros más próximos a la Teología de la Liberación, con quienes ha compartido anteriormente una misma línea de trabajo y múltiples reuniones de reflexión.


Sin retorno a sus orígenes

Si yo tuviera que resumir en pocas palabras el contenido íntegro de ese documento que tan clara y diáfanamente ha elaborado mi buen amigo mallorquín, Juan Riera Fullana “Mossegat”, no dudaría en recalcar, por un lado, sus conflictos tensos con la jerarquía eclesiástica: su salida de Mallorca hacia Perú, el primero; su salida del Perú,  por la situación insostenible con el arzobispo obispo de Piura, Monseñor Richter Prada, el segundo; su salida de Chiapas por la expulsión que le llega desde un tribunal eclesiástico con sede en la diócesis de San Cristóbal de Las Casas, presidida por el obispo Samuel Ruiz, el tercero; y su salida definitiva del Perú, por orden explícita del Cardenal Primado de Lima, Landázuri Rickets, transmitida a través de su obispo auxiliar Monseñor Smith, el cuarto.

“Todas las expulsiones, como aclara mi buen amigo Juan, son por decisión de las jerarquías eclesiásticas y no de los Gobiernos”.

Por otro lado, también destacaría su firme e inquebrantable decisión de permanecer siempre al lado de los más pobres, defendiendo los intereses de éstos por encima de cualquier otra instancia. Todo ello, como consecuencia positiva de la valoración que hace del  mensaje evangélico.

Para terminar, no creo sorprenda a nadie lo más mínimo que, con un bagaje de estas características, mi buen amigo Juan Riera, al tener la oportunidad de conocer y tratar muy de cerca a una mujer como Montse, una doctora catalana con la que comparte la experiencia de viajar en moto en plena selva peruana y de recorrer en barco el largo tramo que agrupa a comunidades ribereñas del río Amazonas, en la confluencia de los enormes ríos Marañón y Ucayali, cerca de la ciudad de Iquitos, se sienta vivamente atraído por ella y llegue a entablar una relación que le abra la puerta a un mundo desconocido por él hasta entonces.

Veo muy lógico que no solamente admire su capacidad de lucha antifranquista, sus detenciones, sus torturas, sus violaciones, sus juicios, sus condenas, sus trabajos en el Hospital de Son Dureta, en Palma de Mallorca, en la unidad de cuidados intensivos, su anticlericalismo declarado; sino que también se adentre en el establecimiento de una relación muy íntima, muy profunda, la que más.

Sí que puede llegar a sorprender enormemente, como me ocurrió a mí al leerla, la descripción que mi amigo Juan Riera realiza sobre su final en la isla de Menorca, idílico y trágico...

Cecili Buele i Ramis, Amigo, compañero de estudios y trabajos, del autor

Mallorca, 1 de Mayo de 2015